Jardines de Santa Clotilde

La esencia del jardín novecentista

¿Sabías que...?

Se iniciaron las primeras plantaciones de pinos y cipreses en 1921, tras finalizarse los imprescindibles movimientos de tierras para estructurar avenidas, escaleras y terrazas. Comenzaba a hacerse realidad el proyecto imaginado por Raül Roviralta, quien ya había elegido para los jardines el nombre de Santa Clotilde, en honor a su esposa, Clotilde Rocamora.

El marqués de Roviralta encargó en el año 1919 el proyecto de los jardines de Santa Clotilde a un joven paisajista y arquitecto: Nicolau Maria Rubió i Tudurí. Los terrenos que ocupan actualmente los jardines estaban dedicados a la plantación de viñas y el marqués los fue adquiriendo hasta llegar a su extensión actual de 26.830 m2. Los jardines están situados sobre un acantilado con vistas al mar, entre la cala Boadella y la playa de Fenals. La ubicación de los jardines hace que el marco que los rodea, el Mediterráneo, participe también en la gran escenografía vegetal que consigue crear Rubió i Tudurí.

El arquitecto era un joven inmerso en las corrientes artísticas predominantes del momento, como el novecentismo. Se trataba de un movimiento existente en Cataluña que a principios del siglo XX buscaba la recuperación de la forma clásica a través de la simetría, la proporción y el orden. Para transmitir estos ideales en un espacio como un jardín, Rubió i Tudurí utilizó varios factores, como el arte topiario, que consiste en recortar la vegetación para darle forma y crear un espacio. Como los jardines se encuentran sobre un acantilado, se vio obligado a salvar muchos desniveles y fue imprescindible la creación de escaleras y rampas. Para poder integrar dichos elementos arquitectónicos en la naturaleza que los rodeaba, recurrió a las grandes escalinatas. Entre escalón y escalón plantó hiedra, de manera que si se observa la escalinata desde abajo parece una cascada vegetal. La vegetación que encontramos en los jardines es propia de la cuenca mediterránea: pinos, tilos, alberos, pitosporos y cipreses. Se cuidan al detalle las plantas en floración para que los jardines siempre luzcan floridos. Para conseguirlo, según la estación, se alternan distintas especies. Las fuentes de las escalinatas y de los pequeños estanques son también un aspecto a tener en cuenta: los surtidores de la escalera de las sirenas, obra de María Llimona, entablan un diálogo con el mar. Las sirenas, con sus brazos alzados, parecen dedicar una oda al mar que las espera. Si observamos la escalera de las sirenas desde arriba, no hay palabras mejores para describirlo que las de Josep Pla. En su libro Guía de la Costa Brava afirma que la gran escalinata, flanqueada por soberbios cipreses y orientada hacia la punta de Santa Cristina, produce una impresión inolvidable y es uno de los momentos más bellos de la costa. Personajes mitológicos como Venus y las sirenas, y bustos que emulan la escultura romana de la época imperial nos sumergen en este mundo idílico que recrea el jardín. La tradición clásica mediterránea se caracteriza por sus vínculos, profundos y antiguos, con mitos del mundo vegetal. Uno de ellos se ha convertido en emblemático con los años gracias a un origen poético de la villa de Lloret, por su similitud etimológica con la palabra «llorer». Cupido, rodeado por un semicírculo de laurel, nos remite al mito de Apolo y Dafne.

 

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